Mi historia de vida de violencia patriarcal

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Creo que no hay mejor ejercicio individual feminista que revisar tu propia vida con la mirada que te proporcionan unas buenas “gafas moradas”, esas que un día, tras decidir acercarte curiosa al Feminismo, de iniciar tu propio proceso de deconstrucción patriarcal, por tu inquietud al sentirte violentada como mujer día a día, de repente y sin previo aviso las dichosas “gafas moradas” te aparecen como un “clic” en tu cerebro; y desde ese preciso momento todo tu entorno te rechina, apesta, aparece y suena a puro patriarcado asesino y aniquilante. Hay días que es verdaderamente agotador y quieres poder quitarte las “gafas” un ratito, para seguir miope, creyendo que eres un ser humano lleno de derechos y oportunidades como cualquier otro. Pero ya has salido de Matrix. Has decidido tomar la pastilla roja. No hay vuelta atrás.

El siguiente mejor ejercicio para mi es contarlo, hacerlo púbico. Si todas las mujeres de este país y del mundo contáramos nuestras historias de violencia invisible, diaria, sufrida desde el sistema social patriarcal en el que nacemos, crecemos y vivimos, las cifras “oficiales” sobre violencia ejercida contra mujeres por ser mujeres llegarían a cotas inimaginables y, quizás sólo entonces, desde todas las instancias políticas de poder a nivel mundial se tomarían el tema en serio articulando medidas y recursos de toda índole (educativos, sanitarios, sociales, judiciales, policiales) suficientes y adecuados a la magnitud del problema con el objetivo de erradicarlo definitivamente, generando un mundo más habitable y humano para todos y todas.

Recuerdo que desde el año 1978, a mis 12 años, se me asignó en la familia, por ser mujer, la tarea de, además de estudiar como mis hermanos (con un expediente académico brillante en mi caso) limpiar la vivienda familiar cada sábado. Ellos, sin embargo, los hombres de la casa, se levantaban a la hora que les daba la gana y se iban al sofá a ver la tele. Por más que me quejaba de lo injusta de la situación, sólo lograba amonestaciones y avisos de castigo si continuaba quejándome. Esto ha sido, y es, un continuo a lo largo de los años en todos los contextos de mi vida adulta. Si no te callas ante las injusticias, ¡zas! van a por ti, especialmente si eres mujer y no has entendido bien el mandato patriarcal de sumisión y silencio en lo público que todavía subyace en la tradición social de “buenos modos para una chica como Dios manda”.

Allá por 1984 decidí estudiar trabajo social. Sentía vocación por una profesión de servicio a las personas, de cuidado a las personas más vulnerable (¿o lo llevaba impreso culturalmente por ser mujer?). Vivíamos en Alicante. Mi hermano mayor en Barcelona para estar cerca de su novia, estudiando farmacia y viviendo en una residencia de estudiantes. Ese mismo año ya era novia del que sería posteriormente mi primer marido, que vivía en León, un maravilloso y apuesto oficial del ejército español.

La carrera de trabajo social era privada en Alicante por aquel entonces. Siempre fuimos una familia humilde, sin lujos de ningún tipo. Un sueldo de funcionario y 4 hij@s (dos y dos) daban para escasamente sobrevivir. Mis padres me dijeron que no podían pagármela. Me busqué un empleo cuidando dos niños y dándoles clase. Me prohibieron desarrollarlo “porque tenía novio” y no veían bien que una mujer con “novio formal y militar” trabajara por las tardes-noches en una casa con personas desconocidas. Aprovechando mi 1,80 cm de altura, mis deseos de viajar y de aprender idiomas, decidí ser azafata de vuelo para tener un empleo supuestamente “más digno” para una mujer según el Patriarcado; ya estudiaría en la universidad cuando pudiera pagármela. Me dijeron que no estaba bien que una mujer estuviera de viaje por ahí teniendo novio (y militar de carrera). Tampoco lo aprobaron. Y la frase de moda era: “Si no te gusta, coge la puerta y vete”. Miré la posibilidad de desarrollar psicología en Murcia. En Alicante no se podía estudiar esta carrera. Teníamos familia allí y un piso en propiedad alquilado a estudiantes. Yo podía compartir gratis piso con ellos. Me dijeron que no, porque eran chicos y no estaba bien que una mujer sola conviviera con hombres, además de que “no podemos mantener a dos hijos fuera. Hasta que tu hermano no acabe sus estudios, no podemos pagarte estudios en otra ciudad. Estudia en la Universidad de Alicante”. Dentro de la oferta de carreras universitarias que en aquellos años había en Alicante, me decanté por Derecho. Tras los exámenes de diciembre me di cuenta que no quería ser abogada. Un año de mi vida perdido, de 1984 a 1985 … los techos de cristal comenzaban a tapar mis ansias de volar, las de una MUJER con muchas inquietudes que deseaba salir al mundo, crecer y ser independiente. El espíritu patriarcal de mi madre superaba con creces al de mi padre. Ella miraba por los ojos de él. Era una buena aliada de la estructura patriarcal. Nacida en 1939, la habían aleccionado bien. Ya sabemos que el Patriarcado no podría ser tan fuerte si no tuviera entre sus filas de “prisioneras” a aliadas bien entrenadas.

Me casé por primera vez en 1985 y me fui a vivir a León. Estuve casada 7 años. Durante ese tiempo intenté dos veces tener un trabajo. Ser independiente económicamente. Más adelante supe que me había casado huyendo de la cárcel patriarcal familiar, para poder volar como mujer, como ser humano junto al hombre que amaba y que decía amarme. Mi primer marido (hombre bueno y pacífico como ninguno, a pesar de su profesión), me dejó claro cuando le conté que quería trabajar que no quería llegar a casa y que “su” mujer no estuviera, que no deseaba que fuéramos “un matrimonio de cama”, de vernos solo por la noche. Tenía dos opciones, callar y seguir con él. O largarme. Decidí una tercera opción: ¡por fin estudiar trabajo social! Al iniciar los estudios universitarios, a mis 23 años, nuevamente mi marido se encargó de recordarme que no quería que me quedara estudiando por las noches para no irse a la cama solo, sin “su” mujer. Teníamos ya un niño de 2 años y la noche era el único momento en el que me era posible estudiar. Así que, cada noche durante los tres años de carrera, me acostaba al mismo tiempo que él, me ponía el despertador a las 5 de la madrugada y ahí empezaba una jornada interminable para mi: poner lavadoras, preparar comida … y estudiar hasta las 8 de la mañana. Levantaba a mi hijo, lo llevaba a la guardería, me iba a prácticas universitarias, recogía al niño de la guardería, lo llevaba a casa, lo dejaba con una chica que lo paseaba por el parque y le daba la merienda. Volvía de clases a las 9 de la noche, le daba la cena a mi hijo, lo bañaba, preparaba la cena de mi marido y mía, limpiaba la cocina, a dormir con mi marido (por supuesto) … y vuelta a sonar el despertador a las 5 am. Evidentemente, el mismo año que acabé la carrera, di por finalizado mi primer matrimonio. Corría el año 1992, famoso por las Olimpiadas de Barcelona. No tenía trabajo, ni quise pensión de ningún tipo en ese momento. El sistema patriarcal se encargó de que me sintiera culpable por dejar solo a un “pobre hombre”, oficial del ejército español, con su coche nuevo, vivienda casi gratuita (del parque de viviendas militares) y sueldo fijo.

Encontré trabajo de trabajadora social sin haber acabado la carrera (como “asistente social”) al mes de separarme, para descargar a ese “pobre hombre” de tener que mantenerme después de la separación. Me costó un ingreso en urgencias y tres días en cama para parar la hemorragia que se me había producido con tanto sentimiento de culpa y angustia vital.

Me enamoré de un chico más joven que yo, de cultura gitana. Tuve que salir de León para que su familia no acabara conmigo por ser paya; la culpa era mía, por supuesto. Yo era la MUJER; y somos muy malas. Eva y la tradición bíblica se han encargado de dejarlo claro a lo largo de la historia de la Humanidad. Regresé a Alicante. Mi padre me situó rápidamente como mujer: “Si vienes sola con tu hijo te compraremos piso y coche. No os faltará de nada”. Pero … me fui acompañada por mi amante caló. La culpa de todo era mía también en este otro lado, en el de mi familia.

Trabajé muy duro como vigilante de seguridad. Me sangraban las uñas de los pies (tengo una deformación congénita) tras 16 horas de vigilancia. Apenas dormía. Mi hijo tenía ya 6 años. Convivía con una pareja con la que no acababa de encajar. Desde la cultura gitana parece que le hayan puesto al Patriarcado un amplificador de 100.000 watios. Además, en la empresa de seguridad estaba rodeada de compañeros, auténticos energúmenos machirulos armados la mayoría, donde una mujer con uniforme era … solo eso, una mujer, o sea, nada. En las vigilancias de la puerta de carga de mercancías de las ferias de muestras tenía que enfrentarme con más de un machuno empresario y/o peón (daba igual el cargo) que no aceptaba las normas de trabajo, ni mucho menos mi autoridad … era una mujer. El Patriarcado no me daba tregua. Intentaba desplegar mis alas, las de aquella niña de expediente académico brillante, con ganas de aprender, crecer y ser independiente. Los techos no me parecían de cristal. Eran de cemento armado.

Al año, envié de vuelta a su casa a mi segunda pareja. Renuncié a mi trabajo en seguridad privada, que me atrapaba en horarios inhumanos que no me permitían evolucionar, ni disfrutar de mi pequeño. Yo quería ser trabajadora social. Negocié un despido y me fui al paro. A los dos meses, encontré trabajo “en negro” como auxiliar administrativa por las tardes en una empresa de construcción. Las matemáticas nunca fueron mi especialidad. Pero tenía que alimentar y vestir a mi hijo. Eran solo 300 € que completaban la escasa prestación por desempleo.

Los viernes en la empresa de construcción tocaba fiesta después del trabajo, comida, bebida, copas y karaoke hasta la madrugada. Eran los tiempos del boom de la construcción. Eran auténticas bacanales. Cada viernes soportaba como alguno de los jefes, o sus amiguitos banqueros, u otros constructores, o todos a la vez, me pedían follar, directamente, sin romanticismos, sin paños calientes, dando por hecho que iba incluido en los 300 €. Algunos días, ante mi negativa reiterada, me decían: “Estás despedida. No vuelvas el lunes” (sabían de mi situación precaria … y solo era una mujer, “un trozo de carne con agujeros que tapar”). Pasaba el fin de semana angustiada, asqueada, sin saber qué hacer el lunes. Volvía a la oficina, con miedo, con la misma ansiedad … pero con la fortaleza de seguir creyendo en mi misma para sacar a mi hijo adelante.

Encontré otro trabajo. En una ONG ¡Por fin podría ser trabajadora social de nuevo! Dejé la construcción y a sus babosos machirulos para pasar a manos de un jefe (coordinador de la ONG), ex-policía, que nos decía que teníamos que ir a trabajar con falda, al que había que hacerle el bocadillo a las 11 h cada mañana (de lo que siempre me pude zafar), que me llamaba a su despacho individualmente para decir chorradas, mientras cerraba con pestillo por dentro … Pasaba miedo, mucho miedo. Sentía rabia e impotencia también. En mayo, tras 5 meses trabajando por un sueldo mísero, me dijo que no me preocupara, que en junio me renovaba el contrato por 6 meses más y que en verano nos iríamos juntos a Santo Domingo de viaje por temas de trabajo. Le dije que no podía viajar tan lejos porque estaba sola con un hijo pequeño. A los quince días me pasó el aviso de despido por finalización de contrato. Me fui al paro, de nuevo.

Fui secretaria personal de una señora de 80 años de la burguesía alicantina, hija de diplomático. Con la prestación por desempleo no era suficiente. Encontré trabajo a los dos meses en un centro de menores. Me dejé la salud trabajando en un sector precioso, pero muy duro. Tras perder 20 kilos sin saber por qué (bueno, sí lo sabía pero no quería reconocerlo … el Patriarcado me estaba aniquilando), me cambiaron de puesto dentro de la misma organización. Estuve como educadora casi 8 años. Tras los mismos me nombraron responsable de 5 programas y 20 profesionales. Desplegué mis alas al máximo, las de aquella niña con un brillante expediente académico y deseos de desarrollarme como profesional de la intervención social. Me sentía como pez en el agua. Feliz. Tan feliz me encontraba, con energías para volar al 200%, que incluso en esa misma época creé una empresa social para emplear a mujeres excluidas del mercado laboral. En 15 meses recibí dos premios de entidades públicas a la mejor empresa solidaria. Pero … me estaban haciendo mobbing en mi puesto como coordinadora en la ONG … era mujer y competente. No puedes despuntar en ciertos contextos si eres mujer; pedí ayuda a la junta directiva, compuesta sólo por hombres. Me dijeron que no me preocupara, que se encargaban del tema. No recogí pruebas. Les creí. A los pocos meses me encontraba en mi casa gravemente enferma por mobbing y con una apertura de expediente disciplinario con penalización de un mes sin sueldo. La víctima era yo. La sancionada también. Mi entorno familiar me decía que abandonara el puesto de trabajo. Yo quise pelear, aun sin apenas salud y sin dinero. Soporté juicios, hundimiento económico, rabia, mucha pena … mucha tristeza al ver mis alas rotas, destrozadas … casi no lo cuento … cuando me miraba al espejo desnuda, la imagen que me devolvía era la de las personas en campos nazis de exterminio.

Para salvar mi salud, tuve que renunciar también al único intento de desplegar mis alas por mí misma. Cerré mi proyecto de empresa social con 18 meses de vida. Ya teníamos 500 clientes, pero me estaba muriendo. El sistema patriarcal ganaba la batalla. Comenzó la crisis. Era 2006. La Seguridad Social me dejó 900 € de prestación por ILT. Me ahogaba económicamente. Tenía un hijo de 17 años y otro de 2. Me había casado de nuevo en 2002. Mi segundo marido me animaba a rendirme. Yo no quería ni oír esa palabra. Estaba muy enferma … y me sentía sola.

En 2007 logré un puesto en la administración pública. Aún estaba en proceso de recuperación, de baja, pero quise intentar de nuevo desplegar mis alas. Mi marido no era un machirulo esta vez, pero tampoco un compañero de viaje. El mayor peso de las tareas doméstico-familiares recaía sobre mi … como siempre. Pero no sentía fuerzas para afrontar un nuevo divorcio, quedándome con un sueldo en plena crisis. Además, estaba agotada psicológicamente y no quería asumir una segunda crianza sola. En 2009 mi segundo matrimonio llegó a su fin. Yo sabía que mi situación económica iba a ser muy complicada … pero sería libre de nuevo.

Intenté ajustar mi maltrecha economía con la ayuda de la pensión de alimentos. Me compré un apartamento, muy pequeño, muy digno, muy en línea con mi vida. En 2012 se produjeron recortes en los servicios sociales en el ayuntamiento donde trabajo, a un grupo de MUJERES, por supuesto. Reajusté aún más mi hundida economía unifamiliar. Al menos mi hijo mayor ya era independiente económicamente.

En 2013 pierdo la pensión de alimentos en base a la Ley de custodia compartida impuesta. Es así en la Comunidad Valenciana, aun cuando yo había sido siempre la cuidadora y responsable de las tareas familiares durante los 13 años de mi segundo matrimonio y el padre no podía asumir los tiempos compartidos que se le imponían. A la Ley de Custodia Compartida (y a l@s profesionales que se encargan de aplicarla) les daba igual cuál era la realidad del/la menor.

He amado, llorado, disfrutado y soportado a muchos hombres más, de todos los niveles y “colores”. Me han manoseado por la calle desconocidos, me han dicho todo tipo de “piropos” que darían para un gran libro del dispárate machirulo, he sentido terror al caminar por la calle de noche sola (este punto aún no lo he superado), he tenido “sexo consentido” (o sea, sin sentido) por no soportar la cara, reproches y/o cabreo de la pareja de turno. Me he permitido el “lujo”, incluso, de haber tenido en mi vida (por suerte, “de refilón”) a un psicópata de manual, de los que llaman integrados diciéndome “te amo”, de los que con la máscara (lobos con piel de cordero) de hombres exitosos, socialmente muy queridos y divertidos, van destrozando las vidas de mujeres independientes, inteligentes y fuertes, al estilo de James Bond, sin despeinarse, de los que son capaces de arrebatar los hijos e hijas a cualquier mujer, convenciendo al sistema social, jurídico y médico-psicológico de que ellos son maravillosos padres y ellas unas locas. Pero este tema merece artículo (o tesis doctoral) aparte. He soportado (¡y los que me quedan!) otros intentos de mobbing y de desprestigio profesional. Sigue siendo imperdonable que una mujer hable alto y sin miedo.

A mayor abundamiento, se me ocurre ser trabajadora social, una profesión de cuidados, fuertemente feminizada (“cosa de mujeres”), por lo que no está reconocida a nivel salarial (si siempre hemos cuidado gratis y en silencio, escondidas, ¿por qué cobrar ahora? ¡qué descaro de feministas!), ni tiene prestigio social, lo que impide y limita tu promoción profesional durante toda tu vida laboral. Además, si eres mujer y te gusta ayudar a las personas, esas cosas se hacen por “buenismo”, está feo cobrar, ¡hazte voluntaria! y paga tus facturas con el sueldo de tu marido … y si no lo tienes … ¡pide ayudas sociales! de esas que dan a las mujeres para “vivir del cuento”, por ser un parásito social a las que las leyes feministas benefician tanto (añádase la ironía en este último párrafo, por favor).

Actualmente, sigo luchando tratando de desplegar las alas, aunque rozando continuamente el agua contaminada de la cultura patriarcal; se me mojan, me pesan, me cuesta alzar el vuelo. Muchos días siento que voy a caer redonda al suelo por agotamiento vital. Pero me resisto a admitir que “Patriarcado Wins”. Soporto insultos a diario y desprecio por defender la lucha feminista, pero es en el único espacio público donde me siento respetada y reconocida como ser humano. Animo a todas las mujeres a probarlo.

Por otro lado, me doy cuenta conforme cumplo años que es una ventaja en el sistema patriarcal envejecer como mujer. De repente un día ya no te miran ni te escuchan como un “coño follable”. Empiezas a disfrutar de tener amigos hombres heterosexuales que no desean “metértela”, ni “empotrarte”, ni “taparte agujeros”. Puedes ir por la calle sin que te digan barbaridades, ni te observen mientras te desnudan con la mirada. La familia parece que te admite, aunque sea como “un caso perdido”. Eres feminista, además de trabajadora social, por lo que “jamás superarás tus dificultades económicas por haberte empeñado en ganarte la vida ayudando a pobres, delincuentes y marginados”; y ha quedado claro que no habrá hombre que te aguante (ni te “mantenga”) con lo contestona y rebelde que eres, “porque para estar en pareja hay que saber soportar … y tú no soportas nada, bonita”. Tus hijos, hombres ambos, ¡te quieren, por supuesto!, ¡eres su madre!, pero si fueras un poquito “más normal” hasta sería mejor para sus entornos de amistades, familias políticas y demás redes sociales. Aún está mal visto tener una madre feminista, rebelde, “sin macho a su lado”, que no hace paellas los domingos y odia la Navidad. La imagen ideal de madre desde el Patriarcado no va por ahí todavía en pleno Siglo XXI.

Aunque, no todo es ideal a mis 50 años. Por increíble que pueda parecer, a veces me sale un camarero que me estaba guardando la llave de la casa de una amiga donde iba a hospedarme ese fin de semana y que, ante mi petición de la misma, me dice, repasando su lengua por sus labios y en tono lascivo mirándome de arriba hacia abajo: “¿Seguro que sólo quieres la llave?” O un supuesto “amigo de toda la vida y de izquierdas”, que en ocasiones me ofrecía alojamiento para ir a las concentraciones y “manifas” en la capital, me sorprende comunicándome en mitad de un fin de semana que he de abandonar la casa (a 400 km de mi domicilio), porque “acaba de empezar clases de danzas del mundo y ha de repasar algunos pasos con su nueva compañera de baile esa noche” … ¡¡¡¡WTF!!!! ¿¡¡¡qué tiene que ver que quieras aprender unos pasos de baile con una mujer que acabas de conocer con que yo esté en tu apartamento hospedada esta noche!!? …. ¡Aaaaaaahhhhhhh! ¡Virginia, idiota, pon el filtro machirulo patriarcal del hombre heterosexual! (aunque sea de “izquierdas”). Había olvidado que para el sistema patriarcal la prioridad máxima en su escala de “valores” es la mera posibilidad de un nuevo coño que probar con la categoría de “follable”. Así que apártate. No eres compatible. Sobras. O cuando algunos hombres de tu familia se empeñan en hacer una reunión contigo porque les preocupa mucho tu situación económica y quieren, en un ataque de generosidad infinita, regalarte un momentazo cariñoso de “mansplaining” para que aprendas a vivir a tus 50 años, porque ¡mujer!, sigues navegando en umbrales de supervivencia porque no sabes hacerlo bien, en ningún caso tiene que ver con tu historia de vida (y casi muerte) con el Patriarcado que ha ido excluyéndote del mercado laboral continuamente y condenándote a puestos de “mujer”; además del castigo por ser una “chica mala” (modelo Eva) y no querer soportar a un hombre a tu lado que te pudiera mantener y/o reforzar tu economía familiar. Lo has hecho todo mal según los cánones patriarcales. Así te va …

Sin embargo, a pesar de mi relato de 50 años de vida luchando en un mundo jodidamente patriarcal, donde con más dureza sigue apareciendo el Patriarcado ante mi a diario es en cada una de las mujeres a las que he servido (y sigo sirviendo) como trabajadora social en mis más de 20 años de ejercicio profesional en entidades privadas (ONGs) y, desde hace 9 años, en un servicio público municipal. Una parte de mi está en cada una de ellas. Pero yo soy blanca, heterosexual, europea, divorciada, con trabajo y sin discapacidad. Una pija blanca afortunada.

Ellas son musulmanas, negras, pobres, con diversidad funcional, desempleadas, casadas desde hace 30 años (los mismos que soportan malos tratos), con hij@s, lesbianas, transexuales, prostitutas, etc, etc. En ellas el Patriarcado es criminal. No tiene piedad.

Acuden a mi creyendo que el sistema público las va a ayudar, engañadas por esos anuncios que dicen “Denuncia. Salir de la violencia está en tus manos. Adelante. Actúa”. Quiero llevarlas conmigo a un lugar donde puedan ser felices, con sus peques, donde no les falte de nada, se sientan libres, sin miedo, bellas, poderosas. Y como trabajadora social y empleada pública solo les puedo ofrecer mi empatía, mi amor, mis deseos de lucha, mi fuerza para levantar la cabeza, mi experiencia de vida transitando en un cuerpo de mujer, una sonrisa y un abrazo.

Pero, ¡No es suficiente! Necesitan una vida en libertad y repleta de oportunidades como seres humanos. Y eso, actualmente, no lo puedo ofrecer por que sencillamente, no existe.

Nota de la autora: Estoy convencida que tú, mujer, si has aguantado este artículo y has llegado hasta aquí, te has visto reflejada en alguno (o en varios) de los momentos de mi vida. Y si no, ¡empieza ya a leer, escuchar y a hablar sobre Feminismo! Cuanto antes inicies tu proceso de deconstrucción patriarcal, antes podrás ser libre. Te espero al otro lado del espejo, para seguir la lucha por la igualdad ¡Unete a este Ejército de Paz!

 

Cuéntanos tu historia de vida de violencia patriarcal enviándonos un Email a la dirección: mihistoriaviolenciapatriarcal@gmail.com o rellenando el sencillo formulario que adjuntamos y la publicaremos por aquí. Queremos generar durante un año una gran marea de historias personales, invisibles, que jamás llegarán a ningún juzgado, sobre cómo el sistema patriarcal ha ido coartando nuestros derechos como mujeres, ciudadanas, y oportunidades para nuestro desarrollo personal en igualdad.

 

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Sobre Virginia Tovar

Diplomada en Trabajo Social, con más de 20 años de experiencia trabajando para entidades privadas del tercer sector en las áreas de: familia, infancia, juventud, violencia de género, diversidad cultural, personas mayores, con discapacidad y en situación de dependencia. En la actualidad es la trabajadora social, formadora acreditada en las áreas de trabajo mencionadas y conferenciante sobre Emprendimiento Social y Ley de Dependencia.


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